La buena Batalla
No tengo mucho deseo de escribir por varias razones, entre ellas cansancio, sueño, los pesados síntomas del virus que siempre anda y otras más que no encuentro necesarias mencionar. Por lo tanto hoy mis descripciones van a estar un poco carentes de color, la pintura saturada de adjetivos se me ha secado y juegos de palabras se aburrieron, las vueltas extrañas e interesantes de la narración serán tan rectas como una autopista. Más bien parecerá un escrito de un periódico, a decir verdad se asemejará a los titulares dónde solo se ponen las contadas palabras necesarias, esto solía llamar mi atención por uso de sólo sustantivos y verbos, dejando a un lado las 5 demás partes del habla. Pero no se asusten, mi situación no es tan grave, trataré de hacer algo parecido a un esfuerzo.
Luego esta breve y muy necesaria introducción en mi opinión (hoy no me interesa mucho la de los demás), podemos proceder a lo que realmente nos compete: mi día.
Me levanté con mucho menos esfuerzo que ayer. Qué ironía pues el día de hoy era lo que ayer no me dejaba vivir en paz, me torturaba deseando que no llegara… pero al amanecer me dí cuenta, que ya no quedaba espacio ni tiempo en mi diminuto universo para lamentaciones. Sólo tenía una opción: conseguir un algo de valor prestado en algún lugar, ponérmelo encima y esperar que esto fuera suficiente para enfrentar el monstruo que aguardaba por mí, él se me había adelantado y estaba esperándome en el salón de “chapel”
Al verme en el espejo noto que luzco como un topo. Ojos diminutos y nariz inflada.
No me gustaba la idea de que fuera tan obvio que la noche anterior había mojado mi lecho con lágrimas, no quería que me preguntaran y mucho menos quería responder. Por lo tanto decido maquillarme, sí fue una medida de emergencia, porque esto está reservado para ocasiones especiales como cuando mi novio bello viene a visitarme. Por lo cual me maquillo sólo los ojos (no quería desperdiciar lo demás).
En mi trayecto voy hablando con el único que podía ayudarme, y al hacerlo sentí una paz rarísima, sabía que tendría que enfrentar al monstruo, pero eso ya no me preocupaba… quería que Dios hablara a través de mí, pero eso ya no me atormentaba. Simplemente decidí hacer lo que debía hacer, y no pensar nada más. Se parecía a saltar de un precipicio con los ojos cerrados. No estaba segura de lo que iba pasar, pero ya alguien me había empujado (sí, mi coordinadora lo hizo el día que me asignó chapel) así que sólo quedaba cerrar los ojos y confiar en Dios.
Y Él lo hizo. Él cumplió lo que prometió. Él simplemente peleó la batalla. Pero debo confesar que al llegar al campo de batalla, aunque sabía que el monstruo me estaría esperando, no lograba verlo…pensaba ¿ya lo habrá acabado mi Señor? O será que en algún momento mi Dios me pasara la espada esperando que lo aniquile yo? Honestamente la última no me gustaba mucho porque es más fácil ser espectador que gladiador.
Yo podía sentir la presencia de Orgullo Temor Vergüenza, nombre y apellidos de mi inconfundible Enemigo. Pero ¿saben qué? En el momento preciso en que subí a la arena, simplemente desapareció. No lo ví llegar, ni pude verlo mientras estaba ahí, pero sí puede verlo irse. Entonces lo supe, mi Señor lo hizo. Atravesó Su espada en mi pecho y lo desintegró. Era indudable, había sido El.
Luego de esta maravillosa bendición, con el corazón más liviano, me dirijo a mi hogar.
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