Sobre el asunto de los orígenes
El Sol nace para morir cada día y los ríos corren para perderse en la anchura del mar. Si esto es así, y lo es, entenderemos (1) que todo lo creado tiene un final y (2) que todo lo que nace se destina a un fin mayor que sí mismo. Dicho enunciado puede ser aplicado a nosotros no porque seamos estrellas o agua, sino porque somos, también, criaturas, y estas características son intrínsecas a nuestra naturaleza. (Si bien es cierto que la frase “el Sol nace para morir cada día” es un tanto romántica, también tengo en mente el natural decaimiento que sufre la estrella cada segundo.)
Si pudiésemos, entonces, encontrar un ser no limitado a un inicio, éste sería no sólo infinito, sino el fin y sentido de todo cuanto surge de y desemboca en él. Importa, por tanto, saber nuestro origen: si materia somos y no más que el producto de la aleatoriedad, nuestro fin es el caos y nuestra gloria el ahora, comamos y bebamos porque mañana moriremos; si, en cambio, nuestro origen es más elevado, ¿no vale la pena conocer cuál es y, haciéndolo, vivir para la gloria del Mar al que vamos?
Ahora bien, ¿cómo conocer dicho ser? ¿Podrá lo finito entender lo infinito? ¿Será posible que una gota imagine la inmensidad del mar? ¿Podrá la luz mirar atrás y ver la inmensidad de su progenitor? ¡Ciertamente, no! Por naturaleza, aquello que tiene principio no puede saber qué hay antes de éste – a menos que le sea narrado. Pero, ¿cómo estar seguros de la veracidad de la narración? Tal es el dilema.
Conocer la verdad, en este caso, resulta a la vez sencillo e imposible. Es inigualablemente sencillo porque basta conocer que Quien informa no puede mentir, y basta conocer que Quien informa verdaderamente estuvo allí. Es absolutamente imposible porque, a menos que el Sol nazca, su luz no puede ser vista; la Perfección no puede ser conocida por la imperfección si ésta no es, primero, transformada. Esta transformación, brindada por la Perfección misma es lo que se conoce como fe, y es la diferencia entre una vida – y una existencia, cualquiera que ésta sea – que vive su propósito y que llega a buen fin, y una que se desperdicia y se pierde.
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